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OPINION

GRANDES PODEROSAS Y VIOLENTAS II


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Habiendo hecho un recuento de algunos aspectos, graves por cierto, sobre las políticas económicas de las grandes transnacionales, ahora se muestra el reverso de la moneda.

Mientras tanto, quienes fabrican tales prendas deportivas reciban sueldos de miseria, de menos de medio euro la hora y se les castiga o despide si tratan de organizarse, de reivindicar sus derechos, de pedir aumentos salariales,… Trabajan durante horas y horas a cambio de salarios bajos en condiciones míseras, a menudo sin gozar de la protección laboral más básica. Se violan sistemáticamente sus derechos a asociarse en sindicatos y a la negociación colectiva. Los trabajadores y trabajadoras asiáticos que fabrican las botas de fútbol y otros elementos del equipamiento deportivo que llevan los jugadores cobran tan sólo 3,76 euros por un día de trabajo de entre 10 y doce 12 horas como mínimo. Así, los empleados que producen sus prendas en Asia no pueden cubrir sus necesidades básicas y sufren una injusta discriminación.

Las mujeres que fabrican ropa deportiva de marca en Indonesia tienen que trabajar casi cuatro horas para poder comprar en el mercado local más barato 1,5 Kg. de pollo, que para algunas, es toda la carne que se pueden permitir en el mes.

Intermón Oxfam denuncia estas contradicciones en su nuevo informe, titulado “¡Fuera de juego! Derechos laborales y producción de ropa deportiva en Asia”[1]. La expansión del comercio internacional de artículos deportivos bajo los auspicios de gigantes empresariales como Nike, Adidas, Reebok, Puma, Fila, ASICS, Mizuno, Lotto, Kappa y Umbro ha introducido a millones de personas, principalmente mujeres, en el mundo del trabajo.   Desde China e Indonesia hasta Turquía y Bulgaria, estos trabajadores cortan, cosen, montan y empaquetan los productos que se venderán a través de las cadenas de tiendas, grandes almacenes e hipermercados de todo el mundo. Prendas que se venderán a precios que superan, en muchos casos, el 1000% de ganancia, donde el 70% que se paga es por la marca y el resto por el material, mano de obra, transporte, embalajes, etc.

Sin forma de protestar. El documento de Intermón  resalta que, mientras los futbolistas de elite y otros deportistas profesionales están representados por las asociaciones de jugadores, la mayor parte de los trabajadores asiáticos que fabrican las prendas que visten no pueden reclamar aumentos salariales ni mejoras laborales de forma colectiva.

El 80% de estos trabajadores son mujeres provenientes de comunidades pobres, que en su mayoría sustentan a sus hijos y familia. Según el informe, ninguna de las grandes marcas deportivas está haciendo suficiente para solucionar este problema. En 2004 la Alianza Juega Limpio (que incluye a Oxfam Internacional, Campaña Ropa Limpia y sindicatos) retaron a estas empresas a que mejoraran las condiciones laborales, pero lamentablemente poco ha cambiado.

“El derecho de los trabajadores a crear sindicatos es fundamental para lograr las grandes mejoras que se necesitan en las fábricas, pero muchas marcas siguen sin querer mover balón en este tema”, afirma Isabel Tamarit, coordinadora del área de Responsabilidad Social Corporativa de Intermón Oxfam.

La marca FILA, unos de los peores ejemplos. El informe, fruto de una investigación de un año a 12 marcas deportivas, devela que FILA, una de las mayores empresas estadounidenses patrocinadoras del tenis mundial, ocupa el último puesto en la liga del respeto a los derechos sindicales, y ha sido incapaz de corregir los serios abusos laborales en su cadena de producción.

Uno de los casos recogidos en el estudio revela que un proveedor de calzado deportivo de esta marca en Indonesia, con “una terrible reputación de abusos laborales”, cerró la fábrica súbitamente y sin previo aviso. Un año después ninguno de los 3.500 trabajadores había recibido los pagos atrasados ni indemnización por despido. FILA se niega a comentar su papel en este cierre ni a responsabilizarse por los trabajadores despedidos. Según el informe, Reebok es la que más ha hecho por respetar lo derechos de los trabajadores de prendas deportivas en Asia, mientras que otras grandes firmas como Nike, Adidas, Puma y ASICS, han hecho algunos avances, aunque muy “pobres” y más bien de cara a lavar su imagen, pero no porque estén verdaderamente preocupados por la situación de miseria de sus trabadores y trabajadoras.

“A menos que los trabajadores sean capaces de negociar de manera colectiva las mejoras de salarios y condiciones laborales, compañías como FILA seguirán repitiendo estos comportamientos intolerables”, afirma Tamarit[2].

Niños sin posibilidad de ir a la escuela, con jornadas de trabajo interminables y horarios de miseria; mujeres sin contrato y sin seguridad social que hacen a veces más de 150 horas extras al mes; familias indígenas expulsadas de sus tierras… Detrás de la moda que consumen las sociedades opulentas se esconde una oscura historia de injusticia y opresión. En este artículo, elaborado en base a los informes de organizaciones como Intermón Oxfam, Greenpeace o Setem, se develan algunas de las claves de este asunto.

Unos informes que levantan ampollas. El motivo es muy sencillo: el seminario “Moda y Trabajo” se celebró pocas semanas después de la presentación por parte de Intermón Oxfam de los informes “Más por Menos” y “Moda que aprieta”, que denuncian el modelo de negocio de las marcas y cadenas de ropa y documentan cientos de casos de trabajadores, la mayoría mujeres, que ven degradados sus derechos laborales y cerradas las puertas para salir de la pobreza. El Corte Inglés, Zara, Cortefiel, Mango, son algunas de las empresas citadas en los mencionados informes y, por tanto, al menos las dos últimas se decidieron a lavar su imagen presentándose en el acto y reuniéndose con trabajadoras del sector textil llegadas de países como Marruecos y Honduras.

Lo cierto es que, desde finales de los años 90, numerosas organizaciones internacionales han estado denunciando el oscuro trasfondo que se oculta detrás del negocio de las grandes industrias textiles. Muchas empresas occidentales producen sus prendas en países del Tercer Mundo y explotan sin compasión a los trabajadores de India, Marruecos, Honduras, Bulgaria, Camboya, Tailandia, Indonesia o Turquía. Los más afectados por esta violación de los derechos humanos suelen ser las mujeres y los niños, que se convierten en mano de obra esclava a la que se contrata en condiciones inhumanas.

Según Isabelle Chaudet, coordinadora de la Campaña “Ropas Limpias”, los niños y niñas trabajadores generalmente pierden su derecho a la educación, reciben salarios de miseria y tienen horarios interminables[3].

Según Intermón Oxfam, una fábrica de confección de Tánger vende por dos euros a las grandes firmas de moda españolas un pantalón que hace tres años vendía por 3’3. Las empresas textiles de esta ciudad del norte de Marruecos tienen que entregar sus pedidos en un plazo de entre 15 y 30 días (en ocasiones en apenas cinco), cuando hace tres años lo hacían en tres meses. La presión de las grandes tiendas españolas sobre sus proveedores marroquíes se traslada al eslabón más vulnerable de la cadena de producción: la mujer trabajadora. En las fábricas de Tánger, las jornadas son de 12 o 13 horas diarias en temporada alta, a veces incluso de 16. Una joven embarazada de 7 meses trabajaba 10 horas sin que el patrón la dejara ir al baño, “una auténtica tortura, pero no se podía permitir el lujo de perder el trabajo”, explica una compañera.

Centenares de casos parecidos aparecen en los dos informes de Intermón Oxfam. Ambos muestran que las políticas empresariales que exigen entregas más rápidas y baratas minan los derechos laborales de los trabajadores, que ven cerradas las puertas para salir de la pobreza. Su publicación forma parte de la campaña internacional “Comercio con Justicia”, que fue lanzada en 2002 para pedir un cambio de las reglas del comercio mundial.

Los empleos precarios, los sueldos insuficientes, las horas extras obligatorias y no remuneradas, la prohibición de sindicatos y las malas condiciones higiénicas y sanitarias derivan de las estrategias globales de supermercados, grandes almacenes y marcas de ropa.

Todos los trabajadores sufren las consecuencias, pero las mujeres, que representan entre un 60% y un 90% de la fuerza laboral en las cadenas de los países investigados, se llevan la peor parte. “El abuso de poder de las empresas exprime a los trabajadores al final de la cadena, la mayoría mujeres e inmigrantes, de países ricos y pobres. Esto tiene que acabar. El comercio mundial puede servir para mucho más que para crear unos empleos que dejan a millones de personas sin opciones de futuro”, ha afirmado Ignasi Carreras, director general de Intermón Oxfam. Sólo las empresas de ropa deportiva ganan más de 2500 millones de euros al año.

Más de 150 horas extras al mes. Según el estudio “Moda que aprieta”[4], las empresas de confección españolas deben avanzar más en sus políticas de Responsabilidad Social Corporativa (RSC) para que influyan en sus estrategias comerciales y garanticen los derechos laborales en toda la cadena. El grupo Induyco, principal compañía de abastecimiento de ropa de El Corte Inglés, ha recortado en ocasiones hasta sólo 5 días los plazos de entrega a sus proveedores marroquíes, lo que se explica, según un industrial textil de Tánger, porque “algunas veces hay Semanas Fantásticas”. En el caso de Inditex (Zara), los plazos son de los más cortos del mercado (Zara renueva cada 20 días sus escaparates).

Según el estudio, marcas como Inditex, Cortefiel y Mango ya han empezado a dar los primeros pasos. En cambio, Induyco-El Corte Inglés aún tiene pendiente elaborar una política de responsabilidad productiva.

Sobre el sector de la confección, el informe revela que los tiempos de producción en las fábricas de todo el mundo se han reducido un 30% en los últimos cinco años. En la provincia china de Guangdong[5], una de las regiones industriales de mayor crecimiento del mundo, las trabajadoras hacen más de 150 horas extras al mes y el 90% no tiene acceso a la seguridad social.

En las maquilas de Honduras, las trabajadoras ganan sueldos que apenas sirven para cubrir un tercio de sus necesidades básicas, según reconoce el propio gobierno del país. “Es cierto que millones de mujeres tienen ahora un empleo que antes no tenían. Pero un sueldo insuficiente y que degrada sus derechos no las aleja de la pobreza. Las empresas no tienen justificación para aprovecharse de estas trabajadoras”, asegura Ignasi Carreras[6].

El FMI y el Banco Mundial fomentan la explotación laboral. El informe descarta que la responsabilidad de esta situación sea sólo de las grandes corporaciones y recuerda, por ejemplo, que muchos Gobiernos, alentados por el FMI y el Banco Mundial, atraen a los inversores ofreciendo bajos costes y mano de obra flexible. Oxfam Internacional ha pedido a las grandes compañías que revisen sus prácticas de compra y se comprometan con el respeto de los derechos laborales en toda la cadena de producción; a los productores y proveedores, que garanticen un trabajo digno a sus empleados, lo que incluye, entre otras cosas, el derecho a la asociación y no discriminar a las mujeres trabajadoras; a los Gobiernos del Sur y del Norte, que cumplan las normas laborales internacionales y fomenten un empleo que reduzca la pobreza y permita la igualdad de género y el desarrollo; a las grandes instituciones internacionales como el FMI o el Banco Mundial, que promuevan los derechos de los trabajadores como herramienta fundamental en la erradicación de la pobreza; a los inversores (accionistas y fondos de pensiones), que utilicen su poder en los mercados para promover prácticas de respeto de los estándares internacionales en las cadenas globales; y, por último, a los consumidores, que presionen a las compañías para que cambien sus prácticas de compra.

No estaría de más recordar que estas compañías obtienen unos beneficios fabulosos.

Benetton: el mayor terrateniente de Argentina. No sólo las firmas españolas se mueven en este terreno ambiguo de estrategias dudosamente éticas. La multinacional italiana Benetton, famosa por sus escandalosas campañas publicitarias teñidas de supuestas referencias humanitarias, se encuentra en el punto de mira de numerosas organizaciones defensoras de los derechos humanos

Ahora es en la Patagonia donde se libra la más reciente batalla legal que tiene a Benetton por protagonista. Esta multinacional es dueña de más de 900.000 hectáreas en Argentina, la mayoría de ellas situadas en el sur, en la Patagonia. Estas tierras pertenecían a los pueblos originarios que habitaron la Patagonia muchísimo tiempo antes que Benetton o el Estado Argentino existiese. Algunas familias mapuches han estado tratando de vivir y trabajar en esas tierras y se niegan a reconocer a Benetton como propietario de las mismas, pero han sido llevadas a juicio por la Compañía de Tierras del Sur Argentino (CTSA), una empresa que, según aseguran organizaciones argentinas, tiene un sólo cliente, el propio Benetton, con el que actúa como una verdadera maquiladora, exportando lana cruda hacia Europa a precios mínimos gracias a los beneficios impositivos y al bajo costo de la mano de obra del país.

Benetton ha manifestado que la CTSA es una “empresa nacional independiente del Benetton Group S.A, conocido mundialmente por la fabricación de ropa”, pero parece ser que existen documentos legales que prueban que la familia Benetton controla todo este grupo económico.

Además, no se trata sólo de negocios textiles. Esas tierras de la Patagonia son ricas en recursos estratégicos como agua, gas, petróleo e incluso oro. También el negocio de la madera es bastante prometedor: la CTSA cuenta en estos momentos con 5.200 hectáreas forestadas, la mayoría de pinos de la especie conocida como Ponderosa, de origen norteamericano y que puede –según sus introductores– alcanzar los 70 metros de altura y ser utilizada como materia prima para la construcción de muebles y casas. Los mapuches han denunciado que esta forestación con pinos exóticos está afectando al ecosistema de la zona.

Disney emplea sustancias químicas peligrosas en la ropa infantil. Como colofón a esta larga lista de arbitrariedades, no podemos menos que recordar que hasta la marca Disney aprovecha cualquier resquicio legal para obtener más beneficios a menor costo, y que sólo las reiteradas denuncias que le están lloviendo pueden lograr que deje de lucrarse a costa, en este caso, de la salud de los consumidores más débiles: los niños.

El informe, titulado “Ropa Tóxica, marca Disney[7]”, revela que la mayoría de las prendas analizadas contienen sustancias químicas peligrosas. Las sustancias químicas –halladas en los dibujos estampados– se encuentran presentes debido probablemente al uso de plastisoles de PVC como técnica de estampación.

“Si a Disney le importase el contenido químico de su ropa infantil podría pedir que se sustituyeran o evitaran las sustancias químicas peligrosas en sus productos, como ya han hecho otros como H&M”, ha declarado la responsable de Tóxicos de Greenpeace, añadiendo que “además, este informe demuestra que no es necesario utilizar sustancias químicas tóxicas para hacer camisetas, ya que existen alternativas seguras”.

Greenpeace exigió a Disney en 2003 que asumiera su responsabilidad de eliminar o sustituir las sustancias químicas peligrosas de sus productos. La reacción de Disney consistió en comunicar que sus productos están dentro de los márgenes legales, por lo que no veían la necesidad de actuar en este sentido.

UN TESTIMONIO. Phan, trabajadora emigrante, 22 años[8], cose ropa deportiva para Puma en la fábrica de confección S en Tailandia. Así explica la vida en la fábrica:

“Trabajamos cada día de las 8 de la mañana hasta las 12, que paramos para almorzar. Después de almorzar reanudamos el trabajo desde la 1 de la tarde hasta las 5. Tenemos que hacer horas extraordinarias todos los días, a partir de las 5.30 de la tarde. En la temporada alta, trabajamos hasta las dos o las tres de la madrugada. Siempre tenemos que hacer turno doble. Aunque estemos extenuadas, no tenemos opción. No podemos negarnos a hacer horas extraordinarias, porque el salario básico es muy bajo. A veces queremos descansar, pero nuestro empleador nos obliga a trabajar. Gano unos 50 dólares al mes, pero pago 3 dólares por electricidad, agua y dormitorio. Pagó 5 dólares más por el arroz. El patrón nos exige pagar también 7 dólares al mes como cuota de registro de los trabajadores. Así que me quedan sólo 35 dólares para todos mis gastos. Durante la temporada baja, cuando gano menos, algún mes me quedo con 30 ó 40 centavos. Me gustaría exigir que mejoren las condiciones de trabajo. No obstante, no sentimos que podemos reclamar mejores salarios, prestaciones sociales y protección jurídica.”

La experiencia de Phan es la de miles de trabajadores de la industria mundial de la ropa y el calzado deportivos. Durante las entrevistas realizadas a trabajadores de esta industria en siete países distintos, se repetían una y otra vez los relatos de las jornadas de trabajo excesivas, la obligación de realizar horas extraordinarias, la falta de seguridad en el puesto de trabajo y en el salario, los salarios indignos, la prohibición de asociarse, la salud precaria, el agotamiento, el estrés mental y la distorsión de la vida familiar.

La realidad de la vida en una fábrica de ropa o calzado deportivos, especialmente en los puestos de trabajo de los eslabones finales de la cadena de producción, está lejos de respetar los derechos garantizados a las trabajadores por la ley, y también de los compromisos éticos sobre estándares laborales que proclaman muchas de las grandes marcas deportivas mundiales.

Demasiado tiempo y demasiado duro. El principal problema y la principal preocupación de todas las trabajadoras con las que se habla radica en las interminables jornadas laborales y en la obligación de hacer horas extraordinarias. Es habitual que los directores de fábrica obliguen a los empleados a trabajar entre 10 y 12 horas, y en ocasiones hasta 16 ó 18, sin un mínimo descanso. Cuando se acercan los plazos de entrega, se alarga el horario laboral. La semana de siete días laborables se está convirtiendo en la norma durante la temporada alta, especialmente en China, a pesar de que la ley establezca otros límites.

En dos fábricas chinas que producen para Umbro, los trabajadores confesaron que les hacían trabajar con frecuencia siete días a la semana durante la temporada alta. En una de ellas, trabajaron un total de 120 horas extraordinarias durante el mes de octubre de 2003, el triple de lo que permite la legislación laboral china. “Las horas extras no se acaban nunca durante la temporada alta y trabajamos sin parar durante 13 y 14 horas al día. Las que cosemos la ropa trabajamos así a diario: cosemos y cosemos sin parar hasta que nos duelen y se nos agarrotan los brazos”, decía una de ellas.

Una joven de 21 años que trabaja en una fábrica de ropa deportiva de Indonesia (fábrica H), confesó tener que trabajar más de 12 horas extras consecutivas para cumplir con el plazo de entrega previsto para la exportación: “En junio y julio de 2003, el departamento de costura del que formo parte trabajamos de las 7 de la mañana hasta las 4 de la madrugada del día siguiente para entregar un gran pedido a Reebok. Nos permitían volver a casa durante unas siete horas, pero teníamos que regresar a la fábrica a las 11 de la mañana para trabajar hasta las 10 de la noche.” Krishanti, una trabajadora de 28 años de la fábrica T de Bangkok, que suministra a Fila, Nike y Puma comenta: “A veces teníamos que hacer horas extraordinarias en turno de noche. Eso te altera el funcionamiento normal del cuerpo… Trabajo como una máquina, no como un ser humano.”

“En nuestra fábrica las horas extraordinarias son obligatorias. Si no lo aceptas, no puedes trabajar aquí.” Trabajador de la confección en la Fabrica X, que produce para Lotto. “Tenemos que hacer horas extraordinarias hasta las 11 o las 12 de la noche cada día. El precio que nos paga por pieza es tan bajo, que no nos vale la pena trabajar tantas horas. Si nuestros ingresos fueran más elevados, no tendría queja. Pero lo único que tenemos es agotamiento y pocos ingresos. Algunos de nosotros ni siquiera tenemos dinero suficiente para comer. Es más de lo que podemos soportar.” Trabajador de la confección en la Fábrica R, proveedora de marcas deportivas muy conocidas como Nike, Fila, Arena, Adidas y Reebok.

Por lo general, las horas extraordinarias son obligatorias y a los trabajadores se les informa a última hora de que deben realizarlas. En cuatro fábricas turcas que producen para Lotto, Fila, Puma y Kappa, todos los trabajadores dijeron que se les obligaba a realizar horas extras. En muchos casos, se les amenaza con el despido y con sanciones, y se les maltrata verbalmente si no pueden realizar las horas adicionales.

SALARIOS INDIGNOS. El salario de muchos trabajadores que cosen, montan y embalan ropa y calzado deportivos para la exportación no es suficiente para garantizar una existencia digna para ellos y sus familias. Los trabajadores de la Fábrica G, en Indonesia, que suministra a Reebok, dijeron a los entrevistadores: “Los gastos de manutención aquí se multiplican. Tenemos que pagar el alquiler del dormitorio; tenemos que pagar la comida y los costes del transporte. Necesitamos al menos 10.000 rupias (1,19 dólares USA) diarias para comida y transporte. La empresa nos da sólo 2.000 (0,23 dólares) diarios para el transporte. Si los trabajadores tienen hijos, el coste diario de la manutención es como mínimo de 25.000 (2,97 dólares). Para poder vivir y ahorrar un poquito cada mes tendríamos que tener un salario de al menos 1 millón y medio de rupias (178 dólares)”.

En el momento de realizar este estudio, la paga mensual estándar en aquella fábrica era de 816.000 rupias (98,6 dólares), que cubre sólo el 55% de la cantidad necesaria para vivir. Las horas extras plantean siempre un dilema. El trabajador las odia sin excepción por el coste sobre su salud, su vida personal y su vida familiar. Pero los ingresos extras (cuando se pagan) que genera ese trabajo pueden representar la diferencia entre morir de hambre o subsistir. En palabras de un trabajador: “Necesitamos hacer horas extras porque nuestro salario básico nos cubre todas nuestras necesidades básicas. Tenemos que pagar el alquiler de los dormitorios mensualmente, y necesitamos pagar la comida y el transporte.”

LA LUCHAS POR LA REIVINDICACION

Las campañas en torno a las condiciones laborales de las cadenas de producción globalizadas se han centrado una y otra vez en conseguir que los empleadores paguen a los trabajadores un salario con el que puedan vivir: un salario que permita a los trabajadores y a sus familias vivir dignamente. Un salario así debería cubrir las necesidades básicas: comida, vestido, salud, vivienda, agua potable, electricidad, educación, cuidado de los hijos, transporte; y unos ingresos discrecionales que permitieran algún tipo de ahorro. En muchos países, el salario mínimo legal –y muchos trabajadores de la industria de prendas deportivas no ganan ni eso– no equivale a un salario de subsistencia.

El caso de los trabajadores de Bed and Bath. En octubre de 2002, los propietarios de Bed & Bath Prestige, una empresa de confección tailandesa, cerraron de un día para otro la fábrica, dejando a los trabajadores en una situación desesperada. Antes de cerrar, la  empresa fabricaba para una serie de marcas mundiales, entre ellas, las marcas deportivas Adidas, Nike, Fila y Umbro. Los trabajadores habían sido víctimas de unas exigencias extremas.

De las entrevistas realizadas en octubre y noviembre de 2002, se desprende que cuando había que entregar pedidos urgentes, les administraban anfetaminas para que aguantaran trabajando toda la noche. Más adelante se supo que los pedidos que recibía esta empresa eran subcontratados a otras fábricas, donde las condiciones laborales también eran muy precarias.

Los propietarios huyeron a los Estados Unidos dejando una deuda a sus trabajadores de unos 400.000 dólares en concepto de salarios impagados e indemnizaciones por despido. Incapaces de perseguir a los propietarios directamente, 350 trabajadores de la principal fábrica de Bed & Bath hicieron una campaña tenaz para que el Ministerio de Trabajo tailandés los resarciese de aquel trato ilegal. Los trabajadores exigían también que las empresas que habían sido clientes de Bed & Bath contribuyesen a pagar a los trabajadores lo que se les debía.

Aunque algunas de estas empresas animaron al gobierno tailandés a que diese respuesta a las exigencias de los trabajadores, se negaron a aceptar su propia responsabilidad moral de garantizar que los trabajadores recibieran lo que les correspondía legalmente. Por fin, en Enero de 2003, el Ministerio se avino a pagar a los trabajadores el equivalente al salario de cuatro meses. Los trabajadores consiguieron también convencer al gobierno tailandés que modificara la ley que regula la indemnización por despido, aumentando la cantidad que correspondería a los trabajadores que han trabajado durante un periodo superior a 6 años, multiplicando por 60 en lugar de por 30 el salario mínimo diario.

Desde entonces, los trabajadores han establecido una cooperativa que produce ropa, con el nombre de “Solidarity Group”, con su lema “Dignity Returns” (Dignidad recobrada). Siguen luchando para conseguir que los que fueran sus empleadores sean juzgados en Tailandia.

Víctimas de intimidación, humillación y abusos. Los directores de fábrica a menudo recurren al acoso, a la humillación y al maltrato para ejercer su autoridad sobre los trabajadores. Elina, una trabajadora de la confección en la fábrica indonesia PT Busana Prima Global, que suministra a Lotto, contaba: “Nos insultan continuamente. Nos llaman de todo mientras trabajamos. No llaman “estúpida”, “holgazana”, “inútil”, “hija de perra” y otras groserías. Nos dicen “No mereces más”. Algunas chicas lloran. También hay maltrato físico. Con frecuencia nos tiran de las orejas o nos gritan al oído.” Más inquietante aún es la incidencia habitual de acoso sexual de las trabajadoras jóvenes de estas fábricas.

Las trabajadoras de la Fábrica D, de Indonesia, que suministra a Fila, Puma, Lotto, Nike, Adidas y ASICS, contaban: “A las chicas guapas siempre las acosan los jefes. Se acercan a ellas, les dicen que vayan a su oficina, les susurran al oído, les tocan la cintura, los brazos, el cuello, las nalgas y el pecho, las sobornan con dinero y con amenazas de perder su trabajo sin no acceden a hacer sexo con ellos.” Especialmente las mujeres experimentan un elevado grado de acoso en los lugares donde es culturalmente aceptado que los supervisores y jefes varones traten a las mujeres de forma abusiva.

SI POR ALLÁ LLUEVE…

La globalización ha convertido a los consumidores en agentes poderosos de la economía mundial, sus diarias elecciones consumistas afectan a la vida de trabajadores en lugares lejanos y la manera en que las personas viven. El ideal sería comprar bienes y servicios que no dañen el medio ambiente, la sociedad y la economía, pero esto requiere un tipo de educación que no se enseña, pero que es importante:

  • Aprender a conocer los productos que compramos, fomentar la curiosidad sobre cómo y dónde se producen nuestros bienes al igual que las condiciones de trabajo del país de origen. ¿Cuánto viajan los productos para llegar hasta las estanterías del supermercado? ¿Cuál es la huella ecológica de la producción y el transporte de ciertos bienes?
  • Aprender a cambiar el comportamiento y los hábitos de consumo utilizando el conocimiento sobre el impacto de nuestras decisiones económicas. Sin embargo, el conocimiento no es suficiente. La Educación para el Desarrollo Sostenible promueve el aprendizaje transformador con el objetivo de cambiar la manera en que las personas interactúan con el mundo.

Pero más allá de la educación, están en juego la ética, los valores y los principios. Pues estaría Ud., dispuesto a dejar de comprar su  Smartphone o su portátil por que algunos de sus componentes los fabriquen unos señores en Malasia bajo condiciones laborales indignas?   Difícilmente, pues el consumo está tan arraigado en la vida humana que los artefactos forman parte de la identidad, son elementos que identifican la “tribu social”, el status, son extensiones de nuestro brazo, de nuestro cerebro, qué desolación se siente cuando no funcione el teléfono móvil, cuando el internet no funciona ¿quién está dispuesto a perder algo tan propio, tan íntimo, por una causa que parece justa, pero que suena lejana y que no lo afecta directamente?


[2] Más información en la página web:  www.intermonoxfam.org

Acerca de Ciro A. García I. (maestro ciro)

DOCENTE ESPECIALISTA EN PEDAGOGÍA. LARGA EXPERIENCIA DOCENTE Y ADMINISTRATIVA. CONVENCIDO QUE LA EDUCACION APORTA AL DESARROLLO HUMANO PARA ROMPER LAS BARRERAS DE LA INEQUIDAD Y LA EXCLUSION

Comentarios

3 comentarios en “GRANDES PODEROSAS Y VIOLENTAS II

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