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OPINION

DESARROLLO MORAL Y CIUDADANIA


El desarrollo moral se ubica en la persona pero se construye en el  “diálogo” constante con el entorno social. El hombre en su proceso de socialización, interioriza el “discurso” moral de los que le son próximos y significativos, un discurso que es no sólo verbal sino de actitudes y hechos, de allí que el ámbito moral y la forma como se desarrolla, constituye un gran marco interpretativo de la vida social.

Así que tratar de interpretar la sociedad a partir del desarrollo moral de sus ciudadanos, es la primera pretensión que se persigue. En este intento, la búsqueda interpretativa se centra en lo económico y lo político, pues resulta atractivo ver el trasfondo de este sistema económico y político local que centrado en la inequidad y el clientelismo ha entronizado actitudes egoístas e individualistas en las relaciones de poder, donde lo personal supera lo colectivo,  donde lo público se hace feudo privado, el bien común se convierte en provecho personal. Llegar a entender como se conciben, construyen y desarrollan las actuaciones económicas y políticas locales exige demostrar que esas actuaciones están modeladas y cimentadas por algún tipo de desarrollo moral muy específico.   

La construcción de la moral está ligada a la socialización en los valores, es obvio que no todo lo que una sociedad asume como valor, es valor moral, que estos se reconocen jerarquizados y los que determinan la moralidad de una acción son los que ocupan el lugar supremo, son los valores preeminentes y son los que establecen distinciones esenciales acerca de lo que es correcto frente a lo erróneo, lo que es mejor frente a lo peor, lo que es elevado frente a lo abyecto; distinciones cuya validez no se fundamenta en nuestros deseos, inclinaciones o elecciones sino que se erigen independientemente de los mismos presentando “modos de ver,” a manera de estándares, frente a los cuales una acción puede ser “juzgada”.

La socialización en los valores morales es explícita e implícita. A los niños se les dan continuamente reglas de comportamiento. Pero, por debajo de esas reglas (“No quitar a los otros lo que es suyo”, “No hacer daño”, “Prestar ayuda al otro cuando lo necesita”, “Decir siempre la verdad”, etc. etc.) hay una concepción de lo que es la naturaleza humana y lo que deben ser de las relaciones entre humanos. Más allá del contexto en que se pronuncian, tales reglas proclaman el derecho de propiedad, el derecho a la igualdad que nos dice que todos somos iguales, el principio de buena fe que enseña que las relaciones sociales se basan en la confianza mutua, el derecho a la vida donde  el sufrimiento es indeseable, etc. Son reglas que definen al hombre como digno de respeto, autónomo, vulnerable al sufrimiento, empeñado en vivir una vida confortable y plena. En este sentido, además de reglas son valores y también son metas sociales.

Pero los valores son relativos a las culturas. La antropología ha puesto en evidencia, por ejemplo, la contraposición entre el valor de autonomía, auto-realización y auto-suficiencia, que nuestra civilización occidental propone a la persona, frente al valor de comunidad, interdependencia, cooperación que, sobre todo en lo que respecta a la familia, fomentado en otras culturas.

Los valores también cambian con el tiempo histórico. En la antigüedad, las hazañas guerreras o la experiencia del anciano eran un valor. Enla Europamedieval, la fe cristiana y el honor de los caballeros eran un valor. Hoy día, en la cultura occidental, la libertad de expresión, la no discriminación de sexos, la auto-realización personal son valores.

Siendo importante interesa  inferir, dilucidar y esclarecer los valores que se socializaron en la sociedad, para que en los distintos órdenes que constituyen el entramado social de nuestra nación,  en su conciencia colectiva y en sus actuaciones cotidianas se consolidaran la cultura del desgreño de lo público, la actuación mafiosa en la política, la voracidad y la rapiña del erario, el gamonalismo político y la cultura de la viveza y el fraude, aún en las simples y sencillas actuaciones de la vida personal y cotidiana del colombiano. 

No puede carecer de importancia  determinar la dinámica ética y el ejercicio moral que propició el paso de una nación  -ayer ejemplo en  administración pública,  una nación constituida por hombres y mujeres pacificas, creativos, dinámicos y emprendedores en su acciones personales y empresariales, ciudadanos respetuosos de sus semejantes, cordiales, comunicativos y alegres– a constituirse, como se muestra hoy, en una nación dominada por personas agrestes, agresivas, mal educadas, mal intencionadas, pobres en solidaridad,   nada participativas, indiferentes al bien común, irreverentes ante principios universales, depredadores voraces de lo público, de su entorno, del medio ambiente y de todo aquello que siendo trascendente y constructivo impulse, construya y fortalezca un estado de bienestar y una mejor calidad de vida.  La otrora Colombia hoy es sindicada de ser una nación corrupta, seudoadministrada y sitiada por gamonales  oportunistas que fungen de líderes nacionales.

Si los elementos gestores de esta nefasta transformación tienen raíces jurídicas, económicas, políticas, culturales, migratorias o si el ethos se torció por cuenta de la clase dirigentes, los partidos políticos, los gremios económicos, las organizaciones civiles, la educación, los nuevos movimientos religiosos, los medios de comunicación masivo o las avanzadas tecnologías de la informática y las telecomunicaciones. Se debe aclarar el grado de  participación de todos y cada uno de estos elementos en el cambio y la transformación de Colombia.

De otra parte, el orden moral también se constituye a partir del respeto hacia los otros humanos y los modos de vinculación con ellos. Muchos autores suponen que tales relaciones, fundamento del orden moral, se dan en todos los pueblos y culturas. El orden moral se establece, al menos en nuestra cultura, en base a una indagación –pregunta que tácitamente nos formulamos- acerca del significado que para cada uno de nosotros tiene la vida, una vida obviamente en relación con los otros. Son preguntas acerca de cómo vale la pena vivirse esa vida y cómo puede evaluarse el esfuerzo por vivirla así. Son preguntas que nos llevan a construir un orden moral y la propia identidad personal.

Entonces se justifica entender lo que se dio en Colombia, por ejemplo,  para que los partidos políticos, que deben ser dinamizadores del bien común, se convirtieran en empresas familiares y ahora en consorcios familiares,  se prestaran al  concubinato público con el paramilitarismo y el narcotráfico para gestar nuevas,  poderosas y tenebrosas alianzas que se apropiaron de lo público para hacerlo feudo privado.   

Junto con la tarea de dilucidar cuáles,-entre todos los valores sociales, que hoy se manifiestan en la ciudadanía son del dominio de la ética y en razón de qué autoridad los ciudadanos los reconocen como valores morales, entonces surge la tarea de establecer el valor ético que se les reconoce, dentro de la maraña social de costumbres, normas y preceptos legales.

Si cualquier aproximación a la ética descansa sobre presupuestos filosóficos, entonces se justifica esclarecer si están los colombianos signados y jalonados por el utilitarismo que sostiene que las normas morales tienen su origen en la consideración racional del “bien común”. Esto es, si están gestados en determinadas conductas, que  frente a otras,  benefician a la mayoría de las personas, evitando sufrimientos y produciendo bienestar y felicidad. Porque hay una “lógica” en la naturaleza humana que se decanta en reglas universales que salvaguardan el imperativo del “mayor bien” y ellas son las reglas de la moral. O si por alguna razón, los colombianos siguen a Durkheim, un sociólogo francés muy influyente de principios de siglo, que apoyándose en su conocimiento de diversas culturas, sostuvo en cambio, que no es universalmente cierto que las reglas morales sean una expresión de la tendencia hacia el “mayor bien”, pues lo arbitrario de las mismas inclina a creer que su fundamento está en la autoridad del grupo.  Entonces también se debe mostrar cuáles son los grupos hegemónicos y dominantes en la cultura colombiana y cuál es la dinámica moral al interior de esos mismos grupos.

Tomando como apoyo a Lawrence Kohlberg, que en sus concepciones extrae parte del utilitarismo y parte de la sociología de Durkheim, aquí se considera que ambas posiciones son complementarias. Los juicios y decisiones morales poseen un trasfondo de utilidad (cooperación y bienestar social) pero, al mismo tiempo, resultan de interiorizar reglas socialmente enunciadas. Dentro de la su teoría de los estadios morales, Kohlberg piensa que ambas posiciones -la “utilitaria” y la “impositiva”- representan dos estadios sucesivos en la adquisición de los criterios de moralidad: “El juicio y la sensibilidad morales basados en el respeto a la norma y la autoridad que emana del grupo se consideran más como una fase (primitiva) del desarrollo moral. El juicio de lo recto y lo erróneo en base a las consecuencias para el bienestar social, los principios universales y la justicia están considerado como una fase posterior del desarrollo” (Kohlberg, 1975)

La propuesta de Kohlberg será un buen apoyo para determinar el grado de desarrollo moral en que se encuentran los colombianos, que directa o indirectamente  apoyan las actuaciones inmorales enunciadas, y contrarrestar este cáncer social, cimentando entre la juventud una propuesta formativa de nuevos y mejores ciudadanos para conducirlos a un estadio de desarrollo próximo en su desarrollo moral. Tarea que debe ser prioritaria cuando se pretende aprobar el voto a los 16 años.

 

Acerca de Ciro A. García I. (maestro ciro)

DOCENTE ESPECIALISTA EN PEDAGOGÍA. LARGA EXPERIENCIA DOCENTE Y ADMINISTRATIVA. CONVENCIDO QUE LA EDUCACION APORTA AL DESARROLLO HUMANO PARA ROMPER LAS BARRERAS DE LA INEQUIDAD Y LA EXCLUSION

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