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OPINION

LA FALSA DEMOCRACIA DE LOS PARTIDOS POLITICOS


A través del tiempo se ha confundido la política con los partidos políticos, pero cualquier movimiento social puede ser apartidista pero no apolítico, esta confusión es producto de que por años en el escenario colombiano, la política partidista ha detentado el poder y se ha  convertido en el recurso  mediante el cual la élite político-económica  impera y avasalla al pueblo colombiano y no precisamente con una forma de gobierno sustentado en el sentir de la ciudadanía, por más que en su discurso predique defender la libertad, la igualdad de derechos o  la soberanía.

Es esta una experiencia comprobada en un país con una democracia de Partidos que, aunque cuentan con la legitimidad que les dan las urnas, lo cierto que a ellas solo concurre la minoría de los ciudadanos que son aptos para votar, ese abstenerse de participar en la política conlleva a no utilizar los mecanismos de participación ciudadana directa y los escenarios para ejercer el control social sobre las actuaciones de los gobernantes, no porque constitucionalmente no existan, sino porque la apatía ciudadana, las entorpece y obstaculiza, en su ejercicio real y efectivo y de paso, fortaleciendo a las clases dominantes.

Las actuales condiciones del país, que vive una situación de crisis permanente, le garantizan a la clase dominante su permanencia hegemónica en lo económico y lo político y que,  gracias a la ayuda valiosa de los medios de comunicación, las posibilidades de intervención de la población  en el debate y la gestión de los asuntos comunes, se reducen al mínimo. El pueblo se calla, ellos fungen de salvadores y los medios los apuntalan y los fortalecen.

Pero en los grandes momentos de dificultad, por fuerte que sean sus coaliciones,  la política partidista es inútil para proteger a la población de los efectos de cualquier crisis,  sea esta económica, política, cultural, o social. Entonces, las medidas de emergencia que toma el gobierno, recaen sobre las capas sociales más débiles, son ellas las que soportan la carga de la crisis que se traduce en desempleo, informalidad, impuestos gravosos, falta de vivienda, educación de mala calidad, en síntesis, el ciudadano común queda condenado a sentir como se deteriora aún más, la poca calidad de vida que ha tenido, ve morir impotente sus anhelos y aspiraciones. Entonces es posible que como respuesta, surja la movilización ciudadana, que sorteando todo tipo de peligros y represalias, solo pretende por una democracia directa que le permita mostrar y ejercer su capacidad para la toma de decisiones y el ejercicio del poder, que por naturaleza le corresponden al pueblo colombiano.  

El adjetivo de directa que aquí acompaña al concepto democracia no puede ser uno más en la larga lista de “democracias” que existen en el vocabulario político, pues ella es la verdadera y única democracia, si existen y se usan otros adjetivos, ellos ponen al desnudo a la democracia partidista, que no es la verdadera democracia.  Por ejemplo, a la “democracia partidista” se le podría llamar “democracia de la élite”, pues basta reflexionar sobre la realidad colombiana: en un país de 16 millones de posibles votantes, menos de 8 millones participan directamente de la política y de ellos solo una minoría participa de ella, por lo general con altos emolumentos y prebendas, pues el resto únicamente vota por un partido u otro, cada cuatro años. Gracias a que el sufragio universal garantiza y legaliza a sus representantes, haciéndolos aparecer como elegidos por decisión popular mayoritaria, se presentan como voceros del sentir popular y pregonan sus políticas de inclusión popular, pero esto no es más que exclusión, pues la mayoría del pueblo no encuentra razones para ejercer el voto y aquellos que participan, terminan colocando en las altas esferas a personajes irresponsables que viven de la política, pero ellos, los electores, por sí mismos no pueden intervenir realmente en los asuntos públicos. Por tanto, bajo esas condiciones, en vez de fomentarse la responsabilidad y la participación política, se produce un gran sentimiento de frustración e impotencia.

El problema se agrava por cuanto al  interior de los propios partidos la democracia también está restringida, pues son los caciques partidistas, los dueños de los partidos,  los que toman las decisiones e imponen   a sus candidatos. Esta estructura hace que los partidos políticos democráticos sean muy poco democráticos y operen especialmente como captadores de votos por diversos mecanismos, entre otros los clientelistas, favoreciendo a los políticos con menos escrúpulos y más ávidos de poder y dinero, que son la mayoría.

Por eso a la democracia colombiana se le puede llamar “democracia autoritaria” añadiendo a éste el adjetivo de “tecnocrática”, ya que sus recetas derivan de la implementación de un discurso “tecnocrático” que pretende regir, amañadamente,  a la comunidad  alardeando de alto dominio de conocimientos especializados que contienen la fórmula para la solución de cada uno de los problemas sociales. Por eso sus gestores gastan cantidades incalculables de dinero en múltiples informes y sondeos tratando de adivinar las inclinaciones de voto de la población, pero desoyen a los grupos y a las personas que plantean iniciativas o que se atreven a hacer exigencias. Ignoran repetidamente las protestas por un mejor servicio de salud, por una Universidad pública que propicie conocimientos actualizados y de calidad, por una educación igualitaria y al alcance de todos, no ven la contaminación ambiental en los barrios, las protestas contra el desempleo, la incertidumbre ante las  pensiones y el deterioro de los salarios, en fin contra la precarización de la existencia.

Cuando se producen dichas iniciativas las tildan de minoritarias, izquierdistas, poco representativas o marginales, y blanden contra ellas la legitimidad de los votos y la transparencia de sus vidas. Se niegan a reconocer los movimientos sociales y su necesaria parcialidad en tanto que son manifestaciones de problemáticas particulares. Ellos pretenden hablar como voceros de la generalidad de la población, pero de hecho están haciendo valer la vocería de los intereses escuetos de la élite político-económica.  ¿Acaso ellos no son los dueños de las servicios de salud, de las universidades, de los mejores colegios, sus fábricas no contaminan el ambiente?, además son los dueños de las bolsas de empleo que llaman cooperativas, se guardan y manejan los dineros de las pensiones y si ellos viven opíparamente bien, qué importa el hombre del común y su tragedia cotidiana, por el pan de cada día.

Si la piedra angular de las democracias es el “ciudadano libre e igual”, en todas ellas los individuos con mayoría de edad, sin distinción de sexo, raza o religión y con el solo requisito de contar con la nacionalidad tienen la cualidad de ciudadanos y en consecuencia tienen derecho al voto libre, igual, directo y secreto. Si bien es cierto de que no se establecen impedimentos al ejercicio del voto, pues es una cualidad del igualitarismo y de la democratización de los sistemas políticos,  y siendo congruente con ese distintivo, la democracia representativa no admite restricciones a los derechos ciudadanos, lo cual no implica que todos y cada uno de los habitantes de un territorio tengan reconocida esa cualidad o la puedan ejercer. La ciudadanía implica condiciones que no todos alcanzan y esas condiciones pueden convertirse en un elemento de exclusión.

Además lo que causa mayor pasividad o apatía entre la población, es que se restringe la intervención política de la gran mayoría para refrendar o no, las decisiones tomadas por una pequeña élite que se reserva para sí el ejercicio activo de la política. En este sentido el ciudadano está mucho más cerca de ser como los antiguos súbditos de los monarcas europeos, pero el ejercicio falso de una ciudadanía, castrada e incompleta, no le permite ver y comprender esa triste realidad.

Acerca de Ciro A. García I. (maestro ciro)

DOCENTE ESPECIALISTA EN PEDAGOGÍA. LARGA EXPERIENCIA DOCENTE Y ADMINISTRATIVA. CONVENCIDO QUE LA EDUCACION APORTA AL DESARROLLO HUMANO PARA ROMPER LAS BARRERAS DE LA INEQUIDAD Y LA EXCLUSION

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