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UNA MIRADA DIFERENTE A LA EDUCACIÓN ACTUAL


Desde hace unos años, en el sector de la educación existe una cierta cuota de insatisfacción, duda, frustración y desconcierto, excepto para el sector gubernamental que pregona a los cuatro vientos las bondades de su gestión educativa, pero las mismas actuaciones educativas, que en nuestro país se suceden día a día, son una muestra evidente de los desajustes del sistema, producto de las prácticas burocráticas del mismo y de la incoherencia de sus políticas públicas en el campo educativo.
Reformas inconsultas y amañadas a favor de grupos de presión, así hablen a nombre del magisterio. Administraciones y gobernantes que han encomendado la dirección de la educación a los menos idóneos, ante los cuales, los que si saben y conocen de educación deben inclinarse, por aquello de que el que manda, manda, aunque mande mal. Entonces no es raro que se nombre a un ingeniero de sistemas que cree que todo se arregla con computadores y tableros electrónicos, o si nombran a un economista se entroniza en conceptos de eficacia, efectividad y eficiencia en razón de argumentos de costo-beneficio. Las directrices en el orden nacional surgen del cerebro de dos o tres gurús de la educación que imponen su verdad. Docentes que piensan con el estomago, olvidando la condición de servicio social, como espíritu rector, que justifica y sostiene la razón de ser de la educación.
Los documentos que se publican sobre educación tienen una característica común: enfocan la educación desde el ángulo político, social, económico o laboral del país. Son hechos y verdades del sistema educativo, algunos bien intencionados y otros no menos informados, pero todos se olvidan de la función que le es esencial a la educación: la formación humana y el desarrollo personal de los individuos, la obligación que se tiene de de proveerle a las nuevas generaciones las herramientas necesarias para realizarse a sí mismos, desde y al interior del grupo social, el deber de acompañarles en la búsqueda personal hacia una vida humana plena, inscrita en el ejercicio de los mejores valores que, junto con una verdadera calidad de vida, contribuirán a su pleno desarrollo humano y de allí a su felicidad humana y social.
Lo cierto es que las verdaderas transformaciones en la educación no se logran con nuevos decretos, ni desde las actuaciones de los personajes, que ocupan el centro del poder educativo en razón de la cuota política. Al decir de Carr, en educación siempre opina quien menos conoce y quienes están por fuera del sistema. Entonces no es extraño que en los informes que circulan, que pocas veces son escritos por docentes y menos por pedagogos, no se mencione ni se interesen por la “realización” personal de los individuos.
A lo sumo, se interesan por su contribución a una vida social exteriormente armónica, evidenciada en una convivencia pacífica y una tolerancia social, supuestamente desarrolladas desde unas competencias ciudadanas, que son mera teoría que nadie lleva a la práctica. Se puede alegar que esto ya es algo y que se están realizando esfuerzos, pero no es lo mejor para las personas. Lo mejor, para ellas, está dentro de cada una, y puede describirse en términos de autoestima, satisfacción personal, realización de valores auténticos y elevados, buen nivel de instrucción, acierto profesional, aceptable nivel de vida y adaptación social.
Los informes del gobierno se ocupan, sobre todo, del número de estudiantes matriculados, las aulas construidas, los docentes nombrados y con más demagogia que verdad, se expresan cifras sobre almuerzos para los estudiantes, comedores escolares y gratuidad del servicio. Pero en este ámbito estadístico, lo escolar, lo pedagógico y lo formativo, queda sepultado bajo criterios cuantitativos, de esta manera su mal olor no contamina las bondades del sistema.
Tampoco de esto escapan los propietarios, directivos y docentes, que siguiendo ciertos estereotipos, que se han ido imponiendo en los sistemas educativos, pregonan propuestas pedagógicas con nombres rimbombantes, todos dicen aplicar las TICs en el aula, estar articulados a la educación técnica profesional y además de eso pregonan el bilingüismo, pero en el fondo son –a menudo- como un mero cascarón, porque no todo lo que se pregona es cierto, ni todo lo que se hace tiene calidad. Es una falacia y una publicidad engañosa para atraer estudiantes y justificar la existencia de la institución educativa. Si las leyes sobre publicidad y propaganda engañosa, se aplicaran a los centros educativos de básica y media, pocas se salvarían de multas y sanciones.
Por cuenta de las autoridades educativas no existe control, pues el molde conductista de los controladores, el amiguismo y las prácticas corruptas les lleva a justificar el control con la mera presentación de documentos, cuadros estadísticos y el cumplimiento con los reporte rutinarios del Dane, los avances del PEI, la estadística de aprobados, repitentes , desertores y la planta de personal, pero nada de esto se constata y si se mira en profundidad, en la mayoría de los casos estos documentos son fiel copia de los documentos de años anteriores. Pero bueno, en esto último hay un cierto sentido de honradez, pues si al interior de la institución nada cambia y nunca hay novedades, tampoco hay nada nuevo para reportar.
¿Pero quien controla la calidad del aprendizaje, la calidad de la enseñanza, el sentido y significado de la formación que se dice impartir en la institución educativa? Nadie. Esa calidad, la verdadera calidad de la educación, no la expresa el porcentaje de estudiantes aprobados, el grueso numero de bachilleres graduados, tampoco lo expresan los resultados de las pruebas saber, menos aun las evaluaciones internas que los docentes realizan periódicamente. Este precisamente es el nudo del asunto.
El estudiante recibe el informe final aprobando el año, pero sabe qué poco se lo merece porque es lo suficientemente cuerdo, así no lo exprese, para reconocer que hizo muy poco para tal merecimiento. El padre o acudiente se entera del resultado final, mira a su hijo y como lo conoce bien como persona, sabe de sus actitudes, hábitos y costumbres y no entiende cómo hace el colegio para aprobar a un muchacho que nunca hizo la tarea, que jamás estudió una lección y que además, deja mucho que desear en su conducta personal. Sabe el padre que su hijo pasó la mayor parte del tiempo con sus amigos y con el televisor, pero aprobó el año y eso le deja una gran duda y un gran interrogante. Qué pasa por la mente del docente, qué siente en el fondo de su ser, cuando reporta como aprobado a un estudiante que no se lo merece, porque jamás cumplió con las mínimas expectativas y el docente se vio obligado a suplicarle que al menos repitiera lo que el libro decía, para justificar una valoración que le permitiera cumplir con el requisito burocrático de entregar las planillas a tiempo y así, quitarse la presión del coordinador.
Pero, aparte de esto, hay una serie de fenómenos, percibidos por todos en nuestro entorno y en la vida cotidiana, que delatan fallas en los aspectos fundamentales y básicos de la educación, tanto familiar como escolar. Desde hace unos años –por ejemplo- alarma y desazona el fenómeno de la violencia escolar: no sólo por los casos gravísimos de delitos en las escuelas, sino los casos más cotidianos, entre ellos, la indisciplina, la rebeldía ante la norma social, la falta de respeto a los profesores y a los padres, la poca autoridad educativa y familiar, que se conjugan y amalgaman con los ya expresados bajo nivel de aprendizaje, descontento de los profesores y el repetido fracaso escolar.
Se puede afirmar que estos acontecimientos se dan porque en nuestro sistema educativo, igual que en los demás ámbitos de la vida cultural y social, las políticas, los programas, los proyectos y las acciones son injertos amañados de las construcciones conceptuales de otros, son copias de las instituciones que marcan la pauta en el entorno local, regional, nacional e internacional. Pero sobra advertir que los modelos que se difunden no siempre son buenos, convenientes y recomendables para todos los contextos. No son aplicables por que su trasfondo científico, técnico e ideológico no ha sido interpretado, reflexionado, contrastado y sometidos a la crítica objetiva, al menos para elaborar una adaptación pertinente y racional.
Tómese el caso de los fines de la educación, o los propósitos institucionales de cualquier establecimiento educativo. En primer lugar el grueso de los interesados no los conocen, generalmente no son producto de una construcción colectiva y participativa y, por basarse en una concepción del hombre, de la vida humana y de la sociedad y su desarrollo, quedan como productos desconocidos, fruto del azar o de cualquier ideología alejada y divorciada de las circunstancias propias de cada contexto y de cada grupo social. Así como se puede valorar las ejecutorias de la institución, del docente, del directivo o del estudiante cuando no se tiene un referente que permita contrastar lo que se hace con lo que se esperaba y se tiene ese referente, pocos lo conocen y son menos los que lo entienden.
Guiados por la irreflexión en los aspectos fundamentales, se ha caído en el desgreño de ciertos principios básicos de la educación. Tal es el caso, que en razón del principio constitucional del “libre desarrollo de la personalidad”, se admite que el estudiante puede hacer lo que quiera y ser como mejor le parezca, pero se olvida la otra partecita que dice “hasta donde lo permitan los derechos de los demás”. Claro que esto es bueno para los responsables de la formación, porque interpretar a medias el principio constitucional le permite no involucrarse y no tomar decisiones. Es mejor “el dejar hacer, dejar pasar”, es más fácil mirar para otro lado y justificar la indiferencia citando a Rousseau con su Emilio o el buen salvaje.
En aras de un mal entendido constructivismo el docente le presenta al estudiante tareas, talleres y actividades para que el estudiante se las arregle como pueda. Se olvida así, que la tarea del docente es guiar el proceso, asistir al estudiante en sus necesidades de aprendizaje, acercarse al estudiante para sacarlo del error. Entonces los docentes se declaran piagetianos y partidarios del solipsismo en el aprendizaje, pero su concepción pedagógica no es otra que la ley del menor esfuerzo. En razón de la flexibilidad en la evaluación y con el propósito de evitarse procesos de nivelación, nuevas programaciones y nuevas valoraciones, se opta por pasar al estudiante de una vez. No importa si aprendió o no aprendió. Se olvida que la razón del docente es que su estudiante aprenda, no que el docente enseñe, pues puede suceder lo segundo sin que se dé lo primero. No toda enseñanza conduce al aprendizaje.
Pero la educación es un fenómeno que transcurre en un doble escenario, tanto en el familiar como en el escolar y sus características que suelen ser paralelas, se evidencian en ambos terrenos. Son el reflejo y la consecuencia de las características que afectan y se evidencian en la sociedad. Entonces es necesario reconocer, que ni la familia ni la escuela son verdaderamente autónomas, son culturalmente heterónomas y dependientes de la cultura social de su época. Por esto mismo resulta muy difícil pretender corregir, enmendar y llevar a mejor cauce las pautas educativas, desde propuestas y propósitos meramente pedagógicos. Estos últimos son los que, idealmente, deberían orientar la educación; pero, en la práctica, tropiezan con la fuerza enorme de la presión social, la cual, en definitiva, suele imponerse; pero esto no significa que no debamos luchar contra ella, tratando de que triunfen los ideales pedagógicos.
En el ámbito familiar, destaca el escaso índice de exigencia de los padres con respecto a sus hijos, que los ahogan con objetos de última moda y de comodidades, práctica que se prolongará durante toda su infancia y cuyo efecto no puede ser otro que el de ahogar en el niño una serie de estímulos personales y la negación del esfuerzo personal y la autosuperación. Actitud que va en desmedro de un racional ejercicio de la autoridad paterna y una menor exigencia en el rendimiento y responsabilidad del niño. O por el contrario, en los hogares disfuncionales, donde las carencias están a al orden del día, el niño recibe el mensaje de su poca valía, del desafecto y el ultraje que le convierten el resentido social, pleno de odio por el menoscabado que sufre su autoestima. Ambas situaciones se fortalecen a lo largo de la vida, pues en un país diverso como el nuestro, la diversidad también se manifiesta y se acepta morbosamente, en una educación para pobres y otra para ricos.
Esta situación familiar y social se proyecta, lógicamente, en el ámbito escolar, donde también existe una falta de autoridad educativa y una ausencia de toda exigencia académica y con ellas, se incrementa la mala convivencia, se provoca un descenso en la calidad del conocimiento escolar obtenido. Ante esta situación, los profesores, que se ven impotentes para imponer la sana convivencia e imponer un ritmo de aprendizaje efectivo, se sienten desalentados y descontentos, cuando no humillados por una actitud irrespetuosa de algunos estudiantes, que pareciera que nadie puede encauzar. Los aires sediciosos, llamados democráticos, de la sociedad actual no dan para tener un poco de autoridad en el aula.
Se podría decir que la educación, padece del síndrome de la indolencia y de la confusión. De la indolencia por cuanto cada día se rebaja la exigencia ante los propósitos formativos y educativos. Por otra parte, la educación se reconoce impotente para conseguir sus fines, pues ha perdido dos factores que inciden en el éxito de cualquier empresa personal o colectiva, el principio del valor del esfuerzo personal y la perseverancia para el logro de metas propuestas, ya sean personales o colectivas. Se padece del síndrome de la confusión, puesto que el sistema educativo, en todos sus órdenes, afirma inspirarse en principios válidos científicamente y pedagógicamente acertados, pero es sólo en apariencia, pues una cosa es lo que escribe en los documentos oficiales, otra lo que se desarrolla en la práctica y otra la que cada quien cree que está realizando.
Cuando cada uno entienda que la única opción que se tiene para desarrollar el país, para vivir en paz y poder ser productivos, es la educación, entonces se invertirá menos en balas, reinados o contratos amañados.

Acerca de Ciro A. García I. (maestro ciro)

DOCENTE ESPECIALISTA EN PEDAGOGÍA. LARGA EXPERIENCIA DOCENTE Y ADMINISTRATIVA. CONVENCIDO QUE LA EDUCACION APORTA AL DESARROLLO HUMANO PARA ROMPER LAS BARRERAS DE LA INEQUIDAD Y LA EXCLUSION

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2 comentarios en “UNA MIRADA DIFERENTE A LA EDUCACIÓN ACTUAL

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    Publicado por check backlinks | agosto 4, 2011, 2:18 pm

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